Era el día tres de un mes que no recuerdo, quería salir de ahí pero no tenía a donde ir, seguí leyendo unos cuentos que me prestaron, me olvide de donde estaba.
El sol ya no quemaba tanto, sin embargo aún la luz era fuerte y desafiante, tan desafiante que no me dejo verte cuando entraste al café, sólo tu silueta, bonita silueta que no llamo mucho la atención.
Mis cuentos aún no terminaban ni mi pastelillo, no recuerdo la hora de aquel día pero imagino eran las seis de la tarde, fue cuando el sol se rindió y pude verte un poquito más, no recuerdo mucho que fue lo primero que te vi, sólo recuerdo que tu también estabas volteando a verme, sonreíste y volteaste la mirada, mi cigarrillo casi me quema los dedos.
No eras de por aquí, pues yo siempre tomaba mi soda italiana ahí y jamás te había visto, al menos no con atención, cerré mi libro sin fijar página y contemple las demás mesas, tratando de no mirarte, estaba don Rogelio, un señor de unos sesenta años que siempre merendaba un café y un pan de mantequilla, su esposa acaba de morir y como en casa sólo eran ellos dos recurrió al café más cercano a su casa para tomar su acostumbrada merienda, esta vez sólo.
Volví a mirarte y estabas mirándome, me sonroje.