Era el día tres de un mes que no recuerdo, quería salir de ahí pero no tenía a donde ir, seguí leyendo unos cuentos que me prestaron, me olvide de donde estaba.
El sol ya no quemaba tanto, sin embargo aún la luz era fuerte y desafiante, tan desafiante que no me dejo verte cuando entraste al café, sólo tu silueta, bonita silueta que no llamo mucho la atención.
Mis cuentos aún no terminaban ni mi pastelillo, no recuerdo la hora de aquel día pero imagino eran las seis de la tarde, fue cuando el sol se rindió y pude verte un poquito más, no recuerdo mucho que fue lo primero que te vi, sólo recuerdo que tu también estabas volteando a verme, sonreíste y volteaste la mirada, mi cigarrillo casi me quema los dedos.
No eras de por aquí, pues yo siempre tomaba mi soda italiana ahí y jamás te había visto, al menos no con atención, cerré mi libro sin fijar página y contemple las demás mesas, tratando de no mirarte, estaba don Rogelio, un señor de unos sesenta años que siempre merendaba un café y un pan de mantequilla, su esposa acaba de morir y como en casa sólo eran ellos dos recurrió al café más cercano a su casa para tomar su acostumbrada merienda, esta vez sólo.
Volví a mirarte y estabas mirándome, me sonroje.
No creo que el viejito se llame Rogelio por que en realidad jamás he charlado con el, nada más allá de un buenas tardes o un salud.
Tampoco creo que su esposa este muerta y no tenga hijos, pero es la historia que yo le di, la historia y el nombre.
También estaban Julio y Amelia, una pareja que siempre pedían malteadas, ellos son amantes, sólo se ven cuando el le dice a su esposa que tomará horas extra, el se enamoró de Amelia, ella es muy bella aún teniendo treinta y seis, pero el no puede dejar a su esposa por temor a herirla y por sus hijos, el tiene barba y casi nunca la acicala.
Jamás he hablado con ellos, no se sí sean amantes aunque el siempre mira a todos lados antes de besarla, tal vez y sólo son una pareja que no pueden tener hijos, tal vez son cristianos y no pueden hacer más que ir al café antes de casarse.
Pero es la historia que les di, la historia y el nombre.
Volví a mirarte y estabas mirándome, me sonroje.
Los únicos que hacían más ruido que la música y los autos son los chicos de un colegio cercano al café, siempre están aquí a las seis, son del taller de teatro de su colegio y salen a esta hora, se ven tan homosexuales como yo, tal vez menos, tal vez más, pero siempre hablan de temas que ellos catalogan culturales, los heterosexuales no hacen eso ¿o si?
La verdad no se sí están en teatro, pero prefiero decir eso a imaginar que tienen que tomar clases en las tardes por falta de calificación, ¿para qué deprimir su historia? Aunque tampoco he charlado con ellos ni cruzado palabra...
Volví a mirarte y estabas parado alado mío, me sonroje.
Pediste sentarte y asentí, te sentaste y sonreíste, yo no sabía que decir. No hubo necesidad por que me preguntaste mi nombre, que hacia ahí y que leía.
Yo devolví las preguntas y conteste sobre el libro.
Charlamos un poco y tenías que irte, no tengo celular así que me dejaste tu número en una servilleta, no éramos película pero si un cliché.
Perdí la servilleta cuando iba rumbo a mi casa, no por que no me gustarás, fue por estúpido distraído.
Ahora no dejo de inventar tu historia, ahora no dejo de agregarme en ella.
Siempre a las seis en el mismo café, sin importar el día del mes que no recordare, además de esperar mi bebida también te espero a ti.
El único con la historia incompleta.
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